Goodbye Wall Street

 

 

Los que crean en los milagros ya pueden ir rezando, y pidiendo uno de urgencia. Cuando todo parecía que ya estaba hecho, pues va a ser que no, ya que el Congreso de los Estados Unidos, como algunos ya suponíamos, ha rechazado eso que han llamado el plan de rescate, y como consecuencia, Wall Street se ha desplomado, mucho más allá de lo que se esperaba. El resultado: el crack.

El beneficio de los directivos, la codicia de las entidades bancarias y el “calentamiento de boca” de Bush, que lleva varios dias anunciando ese plan de rescate – que no tenía casi ninguna garantia de éxito- ha sido un Coctel explosivo, que han llevado a la mas absoluta desconfianza a los inversores.

El caso es que los contribuyentes no deben pagar los platos rotos de esa mala gestión y de esa avaricia desmedida vivida en estos últimos años. Habrá que pensar en otras alternativas, en cambiar, tal vez, el modelo de banca, y sobre todo mantener la calma, porque si esto no mejora pasado en unos días, aquí en Europa vamos a recibir lo que algunos llaman daños colaterales, y a los hechos me remito, por ejemplo el Sovereign Bank, participado al 25% por el español Banco Santander, se ha derrumbado en más del 50%.

De todas maneras esto que está sucediendo me ha llevado a recordar un fragmento de la autobiografía de Marx, no de Karl Marx, sino del actor Groucho Marx, que por cierto explica muy bien el crack del 29, y así tal vez podamos entender lo que esta sucediendo ahora:

“En 1926, Groucho apenas sabía lo que era la bolsa. Trabajaba con su hermano Harpo en una revista teatral haciendo reír a la gente. Le pagaban dos mil dólares por semana. Un día, un ascensorista de un hotel que había escuchado una conversación entre dos corredores de Bolsa, le aconsejó poner todo su dinero en una especie de mina de oro llamada United Corporation. En un santiamén, él convenció a Harpo de comprar 160 mil dólares en acciones. Poco después, ante un rumor sobre el alza desmesurada de las acciones de Cobre Anaconda, hizo retrasar su función teatral de la tarde hasta que su agente logró comprar 400 acciones. Luego invirtió más dinero en una compañía de automóviles que ya no existe. Y el precio de las acciones subía y subía. Groucho no entendía lo que pasaba.
Para él, era como robar dinero. Hasta entonces, no había imaginado que alguien pudiera hacerse rico sin trabajar. Lo que más le sorprendía era que nadie vendía una sola acción. La gente compraba sin parar. Las predicciones eufóricas de los expertos no variaban. Por eso, con timidez, decidió hablar con su agente: “No sé gran cosa sobre Wall Street -le dijo, tratando de disculparse- pero, ¿qué es lo que hace que esas acciones sigan subiendo? ¿No debiera haber alguna relación entre las ganancias de una compañía, sus dividendos y el precio de venta de sus acciones?”. El agente, mientras saludaba a una nueva víctima que entraba en su oficina, le dijo: “Señor Marx, tiene mucho que aprender acerca del mercado de valores? Tal vez no se dé cuenta, pero éste ha dejado de ser un mercado nacional”. A renglón seguido le informó que esa mañana había recibido de la India un encargo para comprar mil acciones de Tuberías Crane. Groucho ordenó la compra de 300.
A medida que el precio de los papeles subía, él se sentía más nervioso. Su juicio ya menguado le aconsejaba vender, pero la ambición y la avaricia se lo impedían. Estaba seguro de que en pocos meses sus acciones iban a valer el doble. Cuando un viejo actor le habló de Goldman Sachs, él pensó que era una marca de harina. El colega lo cogió de la solapas del saco y le gritó, fuera de sí, en la cara: “¡Es la compañía de inversiones más sensacional del mundo!”. La vida de Groucho dio la vuelta: se pasaba las mañanas en el despacho de un agente de Bolsa, mirando un gran tablero lleno de signos que no entendía. A veces casi no lograba entrar. La Bolsa tenía más público que los teatros. Hasta que llegó la catástrofe.
Y así como en 1926 todo el mundo quería comprar, en 1929, cuando empezó el pánico, todo el mundo quiso vender: “Wall Street lanzó la toalla y se derrumbó. Eso de la toalla es una frase, porque por entonces todo el país estaba llorando” cuenta Groucho. “Algunos de mis conocidos perdieron millones. Yo tuve más suerte. Lo único que perdí fueron 240 mil dólares. Hubiese perdido más, pero eso era todo lo que tenía”. El día del hundimiento, su amigo Max Gordon, un astuto asesor financiero de un humor macabro, lo llamó desde Nueva York y le dijo en cinco palabras lo que había pasado: «¡Marx, la broma ha terminado!». Y colgó el teléfono.”
Lo cierto es que yo soy como Groucho, eso sin bigote pintado y con menos dinero. No compro acciones nunca, porque apenas si me queda algo de “suelto” cuando llega el día 20 de cada mes, pero este espectáculo con tintes de tragedia al que estoy asistiendo, me hace pensar porque creeremos siempre a “pie juntillas”, todo lo que dicen los analistas financieros, los expertos en bolsa. Si, esos chicos con tirantes anacrónicos y cuellos blancos de camisa, que hasta hace poco solo vaticinaban éxitos y ganancias. Nada crece infinitamente, y todo lo que es susceptible de subir muy deprisa, es susceptible también de bajar con la misma rapidez, y el caso es que la historia se repite, porque la historia la hacemos los mismos hombres y mujeres, con las mismas virtudes y defectos, y aunque creamos que somos mejores, mucho más listos que nuestros antepasados, seguimos siendo igual, los mismos, vamos eso que se llama género humano, y estas cosas pasan, han pasado y pasaran.
Por eso, como decía antes, “con la calma”, que después del 29 vinieron las guerras, y como siempre, y esperemos que esta vez no sea así, Europa fue el escenario donde se libraron las más crueles batallas, así que a ver si está vez, por lo menos a los europeos no nos toca, aunque la verdad es que no tengo muchas esperanzas.
Dicen que el progreso siempre viene de America, pero si alguno de vosotros se molesta un mínimo en “mirarse los apuntes de historia”, veréis, que también, del otro lado del océano vienen las catástrofes, porque con lo genuina que es la vieja Europa, tenemos la monomanía de copiar todo lo que viene de los Estados Unidos, y así nos va luego.
Son las once y media de la noche. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 15 grados. A ver si por una vez tenemos un poco más de personalidad europea, y vamos a lo nuestro, y por cierto America no es tan “beautiful” como nos la pintan.