A tiro limpio

 

 

 

Así celebran los 30 años de Constitución y libertades en nuestro país la banda terrorista ETA: A tiro limpio.

 

No hay mucho más que decir.

 

Son las nueve y diez de la noche. Llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 3 grados

3 pensamientos en “A tiro limpio

  1. Saludos Marta.

    Soy el Lcdo Faisel iglesias (faiseliglesias@hotmail.com) (www.revistaguaimaro.blogspot.com). (Tel: 787 553 3373) Soy el abogado que defendia a los disidentes dentrro de Cuba por lo que fui hecho prisionero 5 veces. en los 90 me sacarn del pais. Ahora vivo en Puerto Rico donde ejerzo mi profesion y soy Delegado para el Caribe de los Disidentes. Te agradezco tu interes por los disidentes dentro de Cuba.
    La disidencia es una nueva forma de oposicion al castrismo: Se diferencia de de la contrarrevolucion en que: 1) renunciamos a la violencia y creemos en la lucha pacifica; 2) creemos en la reconciliacion nacional ( el amor convierte en milagro al barro, el amor es fuente de ideas); 3) creemos en la pluralidad policitaca y social; 4) creemos que el soberano es el hombre, no el estado; 5) el estado debe ser un instrumento al servicio del hombre.
    Estos son nuestros principios fundamentales que creo que te ayudaran a comprendernos un poco.
    Por otra parte quiero significarte que soy autor de la Novela El Olor de la Tierra, con la que participe en la Feria Internacional del Libro de Miami en 2006. Ahora esta en la editorial otra novela titulada; Que bueno baila usted, cuya protagonista es la musica cubana…. para el mes de febrero o marzo estara en la calle…. tengo fe en ella…

    Un abrazo….. Y ayuda, en lolo que puedas a Yoany. gracias. faisel

  2. Marta ahi te envio un fragmento de la novela que, creo que es el que quizas mas te interese por tratarse del encuentro con un personaje que me imagino que amas…

    IX

    De la bahía donde desemboca el Gran Río del Norte llegaban aquellos barcos quejumbrosos, movidos por velas a todo viento y remos de galeotes y bagarinos. Junto con los negros de carga y descarga, clases y oficiales, se esparramaban por la Avenida del Puerto y las callejuelas de la ciudad vieja, procurando el ambiente de bares con mujeres y guaracheros, los turistas, agentes de viajes y hombres de negocio. Era una tradición que permanecía vigente en la época de los vapores. Un vinculo ancestral unía a ambos pueblos. Los tambores, claves y marugas cubanas no les eran ajenos a los hijos de la desembocadura del Misissipi, por lo que los músicos del delta buscaban el sabor del son y los Isleños procuraban el swing del jazz.

    – What is cuban son, man? – había preguntado un turista tan pronto se bajo del barco.
    – Jazz con clave, mi socio – contestó un mulato trovador desde el bar de la esquina.
    – Oh, yea!

    Desde los primeros tiempos de España sus músicos venían a la isla con el deliberado propósito de cantar, bailar y agregarle al cimbaleo rítmico del jazz los repiques de los tambores del Verde Caimán del Caribe, para que se les montara el santo.

    Después de dejar unos Aredyés en el tronco de la ceiba de la Plaza de Armas, amarrados con tiras colora, unos negros con congas, quinto y tumbadoras improvisaron una rumba frente al Palacio del Segundo Cabo. Desde la acera del frente al portal del Palacio de los Capitanes Generales salió un mulato tocando claves, vestido con una colorida guarachera y zapatos negros bordeados en blanco. Desde entonces la estridencia de los tambores se contuvo por unas notas producidas por los entrechocados corazones de ácana, que no seguían el orden natural, haciendo de vez en vez un silencio que se llenaba de emoción. Un turista recién llegado, impulsándose con el ritmo de los tambores, sacó de la funda una trompeta y comenzó a improvisar una lejana pero íntima melodía, cayendo siempre, como por sorpresa musical, dentro del patrón que, al parecer sin proponérselo, marcaban aquellas reducidas médulas de árbol, manipuladas, por las leyes del arte. El negro del quinto cantaba en lengua lucumí. Una negra vestida de blanco, recién bajada del barco se arrebató, dio un par de brincos, se echó a llorar y cayó desmayada. Rápido pretendieron llevarla a la Casa de Socorros a fin de que la examinara un médico de emergencias.

    -¡Déjenla! – gritó un negro vestido con zapatos, pantalones, camisa y gorro blancos y unos collares de colores al cuello y en las muñecas de las manos, apartando a la gente. Se le acercó, le puso la mano en la frente, le hizo tres cruces con el indice en el medio de la cabeza, le sopló los oídos y comenzó a hablarle en lenguas viejas. La mujer, tendida en la acera, cerró los ojos y respirando profundo, poco a poco volvió en sí.

    – ¿Qué le pasó? – preguntaban los transeúntes.
    – ¡Se le montó un muerto! – dijo alguien.
    – La cogieron de caballo.
    – ¡Se le subió el santo! – terció otro.

    En el Templete estaba Bartolomé Maximiliano Moré cantando canciones trovadorescas acompañándose de su guitarra, percibiendo a distancia las melodías que dejaba en el eco el negro trompetista del Misissipí. No se acercó. Sabía que el trompetista seguiría colocando aquellas notas en las estrellas de la noche hasta el amanecer del nuevo día y que lo de la negra no era enfermedad.

    – ¡De eso sé yo! – dijo riendo y pasó de nuevo el sombrero -. ¡ Cooperen con el artista cubano!

    En una de las mesas del restaurante estaba el Gringo Grande de los hombros anchos, pecho firme, pies de elefante y ojos alegres e invictos, que andaba siempre por las calles de la Habana, con un pantaloncillo por las rodillas, roto por el fondillo, barba semanal y gorra de pescador, dándose en los bares de las esquinas unos largos tragos de daiquirí, con ron doble, a los que él llamaba Papas. A veces se sentaba en los mostradores y se ponía a pensar y escribir en servilletas, unos párrafos luchadores y compulsivos, al margen de aquellas bullarangas de bares de puerto.

    Era un personaje arrojado al torbellino de la acción y aferrado a la complicidad del amor, a la fraternidad humana, con un inagotable poder creador que lo abocaba a las soledades, que nació para protagonista de los más grandes y dramáticos eventos: dos guerras mundiales, el conflicto Chino-Japones, la Guerra Civil Española, la rebelión de los Mau Mau , tres accidentes de aviones detrás de los leopardos en el continente negro y cuatro matrimonios.

    – Es el escritor más caro del mundo – comentaba con ironía, mientras soltaba unas bocanadas de humo con su tabaco de siempre en el balancín de madera en la calle Trocadero José Lezama Lima.

    Su madre lo quería músico – el adoraba a Pablo Casal-, su padre lo soñaba médico, pero el eligió ser escritor. Por ella era lírico. Por él (que le regalo su primer rifle de cazas, luchas, y muerte), era aventurero.

    Era amigo de los cantineros, las prostitutas y de la chiquillada de la ciudad que andaba detrás de los turistas en busca de centavos, y sobre todo, de los artistas ambulantes de aquella Habana que caminaban con sus cartulinas y lápices de colores, haciendo dibujos a mano alzada unos, y otros, con bongó, guitarras y maracas, cantando guarachas, sones y boleros para extenderle el sombrero a los forastero:¡Coopere con el artista cubano!, con quienes les gustaba quedarse hasta tarde en los cafés porque necesitaba luz en las noches y estaba conciente que no se era un gran escritor impunemente y que el espionaje divino se pagaba caro.

    Aquel día, sin embargo, el Gringo no tomaba, no estaba leyendo ni escribiendo sobre la servilleta. Estaba mal humorado. Había veces que desaparecía y la prensa daba noticias de él en las nieves de Sun Valley, en las laderas de Castilla, en las verdes colinas de África o en los Canales de Venecia en aventuras que emulaban las de sus más fantásticos personajes. Se trataba de un ser vulnerable pero terco, conciente de que podía ser destruido pero jamás derrotado.

    Se comentaba por los estibadores del puerto y los pescadores de Cojímar que se había caído a tiros con su mujer – una gringa que se bañaba encuera en el mar, como si sólo ella existiera en el mundo – porque le había cortado unas raíces de un árbol del patio que se metía en la casa y lo amenazaba con envenenarle su ejército de perros y gatos y con ahuyentarle las palomas del alero.

    Lo acompañaba un niño de piel blanca, pelo blanco, camisa blanca y pantaloncillos y medias blancas, por las rodillas.

    Bartolo seguía cantando sus canciones al compás de su rayado de guitarra. Un chiquillo carniprieto, descalzo, descamisado, de vientre inflado y de mechones de cabellos cayéndole sobre la frente, se paró delante del Gringo, le dio la vuelta, sin dejar de mirarlo, se detuvo ante el Gringuito, le sonrió y comenzó unos garabatos sobre un papel de estraza. Después, sin quitarle los ojos de encima, comenzó a caminar de espaldas hasta chocar contra la pared. Frunció el ceño, pegó la mirada en el papel, volvió a observar como con reparos al Gringo y al Gringuito, borró par de trazos, los corrigió, se les acercó de nuevo y extendiéndole el dibujo le dijo al Gringo Grande:

    – ¡Coopere con el artista cubano!
    – ¡Cuándo un escritor está pensando no se interrumpe! – gritó. Tomó el papel en las manos, lo miró -. ¡Mejor que ése los hace mi hijo de siete años! – dijo. Y lo tiró contra el piso.

    El aire de mar, sin embargo no lo dejó caer al suelo y el dibujo con sus alas de papel salió volando por entre la muchedumbre que iba y venía por las estrechas y empedradas calles de la ciudad indiferente.

    – Sí, pero su hijo tiene un padre millonario y puede ir a la escuela – le contestó el Niño retirándose, observando cómo su arte, impulsado por el aire, se abría paso por entre la multitud.
    – ¡Oye! ¡Oye! ¡Ven acá!
    – ¡Diga, señor!
    ¿Qué tú quieres? – le preguntó con voz gangosa y los ojos humedecidos el Gringo Grande.
    – Comer.
    – ¡Cantinero! ¡Cantinero!
    – ¡ Diga Hemingway!
    – Que nunca le falte la comida. Yo la pagaré siempre – dijo mientras unas lágrimas corrían por su barba blanca, hasta que su mano de hombre de hierro las dispersó.

    Por entre las mesas, como convocada por el instante, venía una mulata con una copa de daiquirí en una bandeja a la altura del hombro izquierdo y en la diestra traía un vaso de ron. Le dio el vaso a Bartolo, dejándole una mirada por sobre el hombro, que lo calibraba de arriba a abajo, y siguió con su andar nalgueador hasta la mesa de Hemingway.

    Camarera, camarera
    Tú eres la camarera de mi amor
    Camarera, camarera
    Tú eres la camarera de mi amor

    Sírveme una copa de ron
    y toma tu cerveza
    junto a mi corazón

    Camarera, camarera
    Tú eres la camarera de mi corazón

    – ¡Toma tu papa! – le dijo la mulata, con cierto tono mimoso a Hemingway que mal simulaba indiferencia.

    Hemingway la miró por sobre el hombro y sin mover la cabeza corrió la vista adonde el trovador que los observaba. El vientre de la camarera estaba ligeramente inflamado. Los dos hombres miraron de nuevo a la mujer y después se clavaron los ojos en la cara. Ninguno pronunció palabra alguna. Heminguay se levantó y le dio una patada a una lata que llegó al mar y se hundió haciendo burujinas que apenas podían aflorar en las contaminadas aguas de la Bahía y salió a la acera para seguir su rumbo.

    -¡Heming! ¡Heming! – lo llamó con insistencia la camarera.

    Hemingway se volvió. La miró con las mandíbulas pegadas al pecho y el ceño fruncido que le acentuaban su carácter terco y su semblante duro. Le puso la mano en el vientre y le dijo.

    – Se puede ser infiel, pero no desleal – y siguió rumbo al Hotel Ambos Mundos a escribir de pie, mirando por la ventana abierta a la Bahía de la Habana.

    Camarera, camarera
    Tú eres la camarera de mi amor
    Camarera, camarera
    Tú eres la camarera de mi amor

    Bartolo siguió cantando y tomando ron.

    Meses después, el Sargento Taquígrafo desde la Primera Magistratura invitó al Nobel a un homenaje en el Palacio. Sin embargo, a Hemingway lo vieron acompañando a la camarera a depositar los restos del natimuerto en el Campo Santo. Desde entonces no se sabe si el nombre de Papa que le gustaba que le dijera la camarera se debía al trago de daiquirí con ron doble que prefería o a una frustrada paternidad.

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