Feliz Navidad

La noche era especialmente fría. El aire estaba tan congelado que al respirar, llegaba a los pulmones convertido en mil alfileres. Bajo los arcos luminosos que adornaban la calle, cientos de personas se apresuraban a hacer las últimas compras. La calle era una fiesta de luces, villancicos, escaparates disfrazados con guirnaldas y espumillones, gentes atiborradas de paquetes, lazos y papeles brillantes. Un Santa Claus con el logotipo de unos grandes almacenes impreso en la grupa repartía caramelos que los niños tiraban unos pasos más adelante. No hay que fiarse de nadie hoy en día, ya se sabe. Todos iban abrigados hasta las orejas, deseando llegar a casa para guarecerse al calor del radiador, del champán y de la cena de Nochebuena.

-Yo fui pastor en Belén- Oí las palabras por casualidad, mientras escudriñaba un escaparate abigarrado buscando algo no demasiado vulgar para regalar. Sentados en el escalón del portal contiguo, dos hombres seguían distraídamente con la mirada el ir y venir de la gente. Por su aspecto diría que eran mendigos. Indigentes, les llaman ahora. Creo que rondaban la treintena, aunque, francamente, resultaba difícil calcularles la edad. El que habló primero, tenía la vista perdida en el mar de piernas, abrigos, bolsos y paquetes. Miraba sin ver. El otro no pudo evitar una risilla mientras encendía un cigarro:
-Ya, y yo fui puta en Jericó. Cuando quieras te lo cuento-
Me pudo la curiosidad. Me arrimé con discreción para seguir escuchando.
-Ríete, capullo, yo sé lo que digo -respiró profundamente y tardó en continuar lo que a mí me pareció una eternidad -¿Ves esos belenes, con su estrella y su ángel? Son una mierda. Te puedo decir que allí no había nada, ni buey, ni mula, ni nada. Aquello era un cuchitril de mala muerte donde se refugió esa pobre gente para que la mujer pudiera parir. No era el mejor sitio, desde luego, un lugar de paso de pastores y comerciantes, además de los salteadores de caminos. La noche era fría. Es verdad que les ofrecimos lo que teníamos, un poco de queso, un poco de pan, pero no porque un ángel nos iluminase y nos dijese que era el Hijo de Dios, sino porque la mujer estaba débil, el hombre agotado y el niño no paraba de llorar. Joder, ¿qué íbamos a hacer? Sólo queríamos echar una mano. No hicimos nada que no hubiera hecho cualquiera-

Pareció reflexionar unos segundos antes de continuar: -Lo que sí te puedo asegurar es que por allí no asomó la nariz nadie más. Créeme si te digo que si hubiesen aparecido tres tíos vestidos de lentejuelas y con un cofre lleno de oro y no sé qué más cosas, no habrían salido vivos. No tío, pasamos la noche en vela, pero no adorando a nadie, sino vigilando el fuego para que no se apagase. Aquella gente no nos pidió nada, pero todos queríamos ayudar, así que hicimos lo que estuvo en nuestra mano para que estuviesen cómodos. En cuanto amaneció, recogieron sus cosas, nos dieron las gracias y se marcharon. Así fue, como te lo cuento-

El otro, dio una calada larga y lenta antes de contestar: -Lo que yo creo es que tanta Navidad te ha afectado al cerebro: deliras. Con un pitillo encendió otro. La algarabía de la calle, el rugido de la megafonía escupiendo villancicos se habían convertido para mí en un rumor lejano y confuso.

-Y ya que estuviste presente en un acontecimiento tan cojonudo, señor importante ¿podrías decirme cómo sabes que era El, y no otro cualquiera?-

-¿Cómo sabes que tú eres tú?- contestó-  ¿Cómo sabes que el mar es el mar? Dí, ¿cómo lo sabes? Eso no se explica. Se sabe y punto.
-Pues ya ves lo poco que han cambiado las cosas. Si eso ocurriera hoy, el chaval de marras nacería en una patera dando bandazos en el medio del mar. Y cuando llegase a tierra la Guardia Civil estaría esperándolo para mandarlo de vuelta al infierno. Así son las cosas-

Se dio la vuelta y me miró directamente a la cara. Me estaba hablando a mí. La verdad es que para escuchar mejor me había ido acercando un poco más, y otro poco más, hasta quedar casi pegada. Estaba tan absorta que no me había dado cuenta, y pensé que debía resultar bastante grosero meterse de esa manera en una conversación. Me sentí un poco idiota, así que intenté articular una disculpa. El hombre no me dejó hablar. Me clavó la mirada, y al hacerlo sentí cómo me abría en dos, de arriba abajo. Dejé de sentir el frío de la calle. Dejé de oír el ruido, la gente, los villancicos. Dejó de haber mundo alrededor. Sólo podía dejarme absorber por aquellos ojos brillantes, vivos, expresivos, que reflejaban la belleza, la juventud, la vida, la gratitud y un amor que yo jamás antes había pensado que pudiera existir. Rozó con su mano la mía, no sé cuánto, un segundo supongo, pero un segundo que me estremeció los huesos. La vista se me nubló. Perdí el norte y el sur, el cielo y el suelo cambiaron de posición. No pude hacer nada más que abandonarme. Empecé a ver imágenes y me di cuenta de que me estaba dejando viajar a través de sus vidas hasta que llegué a ver reflejado en sus ojos el desierto, las noches estrelladas de Galilea, el fuego encendido, la madre y el niño, ya tranquilo; me permitió ver lo que había dejado depositado en su corazón y ahora en el mío, la promesa de otro mundo, de un nuevo cielo y una nueva tierra, y vi que estaban cerca. Vi también la llama que está en el interior y comprendí que es lo que nos mantiene vivos. Me quedé muda. Me di cuenta de que estaba ciega y sorda. Fui consciente de que nunca había escuchado la voz del corazón, ni siquiera hasta ese momento había sabido que tenía corazón. Tuve la absoluta certeza de que aquella noche, que no era tan lejana, había cambiado el rumbo de todas las cosas. Estaba temblando de la cabeza a los pies.

-Hace frío -dijo-, mejor váyase ahora a casa.
Me sonrió y me depositó con cuidado de nuevo en el mundo. Caminé hasta mi casa, muy despacio. Ahora las cosas eran distintas. Ahora todo era más fácil, mas nuevo, mas gratificante. 

Son las doce de la noche. No llueve en Aravaca y la temperatura exterior es de 4 grados. Ya es Nochebuena. Procuremos ser felices, aunque sea solo a ratos. Este es mi regalo de Navidad.

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