Mirándose al espejo

Me decía hace unos días una amiga que acababa de darse cuenta de que se estaba haciendo vieja:” Me he mirado al espejo y ya no soy la que era, parezco mi madre, no sé qué voy a hacer ahora, creo que empieza el declive”. Pues bien, en ese momento no se me vino nada a la cabeza que decirle ante ese razonamiento, que me dejó con una desazón tremenda, primero porque ver sufrir a una persona cercana no me gusta, y segundo porque una inevitablemente proyecta sobre si lo que los demás le cuentan.

Pero como la cabeza sirve para pensar, aunque no siempre bien, he estado dándole vueltas al asunto porque he tenido eso tan valioso que llamamos tiempo – llevo dos días postrada en el lecho del dolor a causa de mis muelas, que también se me están haciendo viejas-, y he llegado a algunas conclusiones que “me llenan de orgullo y satisfacción” y espero que a mi amiga también.

Es verdad que el tiempo corre en nuestra contra en lo que a físico se refiere, negarlo sería una estupidez, pero va a nuestro favor en cuanto a los asuntos de madurez, claridad de pensamiento, afirmación de nuestra personalidad y asentamiento de nuestro espíritu –salvo aquellos que viven bajo el síndrome de PeterPan, que se pasan la vida corriendo en contra, dañándose y dañando a los demás-

Por eso hacerse viejo – como dice mi amiga- te lleva saber ciertas cosas que la juventud nunca te dio como  por ejemplo que el amor no es solo acostarse con alguien y que la compañía no es solo seguridad de no tener que ir solo a los sitios, que aceptar una derrota con la cabeza alta es bueno y asumirla, que no es bueno esperar a que alguien te traiga flores y que es mejor tener tu propia maceta aunque sea pequeña, pero es tuya, o que estar con alguien porque tiene un buen futuro, lo más probable es que antes o después pienses en lo bien que estabas en el pasado.

Porque hacerse viejo te hace ver todo de una manera más clara y sin sufrir por esas visiones como sucede en la juventud que la claridad atonta e incluso quema, y esa “vejez” hace que des cuenta de que la mayor parte de las veces cuando perdonamos, no lo estamos haciendo solo estamos disculpando, que el perdón son palabras mayores y pocas veces se produce, o que apresurar las cosas o forzarlas a que pasen no te va a llevar al final que deseabas, probablemente a un lugar contrario, y aprendes a que es mentira eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor, o que la felicidad es una cosa que sucede solo a ratos, y que nunca es lineal, o que uno tiene solo tres o cuatro amigos, y que lo demás es de relleno, o que la  familia y eso de los lazos de sangre es una leyenda urbana, o que las traiciones están a la orden del día, pero como las esperas aunque no las barruntas, ya no duelen…

Y sobre todo cuando te mires al espejo y veas que ya no eres la chica o el chico de hace algunos años, y que te han salido arrugas, y que la fuerza de la gravedad hace su trabajo, sabrás, sabremos que ahora es cuando tenemos bien enfocada la vida, porque la visión de antes era difusa y desenfocada. Y que igual que la felicidad es a ratos, el dolor tampoco es para siempre. Ya no eres un “shaval” pero hay algo más importante has aprendido a vivir.

Claro que hay algunos que se  siguen mirando y mirando al espejo y lamentándose, y mirando y mirando al pasado y deprimiéndose, mira que lo siento porque se están perdiendo lo mejor, aprender a vivir y a crecer, y me temo mucho que lean lo que lean y escuchen lo que escuchen, vamos que por más que les digas – como dice mi madre- no van a cambiar. Ellos se lo pierden

Son las doce y media de la noche. No llueve en Madrid y la temperatura exterior es de 24 grados. No estoy bajo los efectos de una sobredosis de analgésicos por mi tremendo dolor de muelas, es que de vez en cuando una tiene que escribir de lo que siente y lo que presiente.

“No te pueden impresionar, se acabó la interpretación
ellas pierden la razón mientras se apagan
se consumirán mañana por la mañana” La Casa Azul

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