Cuanta más violencia, menos revolución

En la discusión dentro del movimiento Occupy sobre si la violencia es necesaria para lograr cambios en los Estados Unidos, el debate ha combinado hasta ahora tres de las posibles metas del movimiento. ¿Estamos hablando de usar la violencia para lograr un cambio de régimen? ¿O lo que queremos decir realmente es “un cambio de régimen con instituciones democráticas después de ese cambio”? ¿O realmente queremos decir “un cambio de régimen seguido por una democracia en la cual el 1 por ciento pierde su control del poder”?

Los movimientos han producido a veces cambios de régimen sin una democracia real y con el mismo uno por ciento aún en su puesto. La Revolución Estadounidense hizo eso: El Rey Jorge fue expulsado y el gobierno resultante, con méritos altamente innovadores, aún no era una democracia para las mujeres, los esclavos ni para la clase trabajadora. Un par de siglos más tarde, el uno por ciento está aún haciendo funcionar a los Estados Unidos. Cierto número de luchas anticoloniales tuvieron resultados similares.

Muchos regímenes son tan represivos que la gente dará sus vidas para cambiarlos, incluso sin garantías de que el nuevo régimen será mucho mejor. Sin embargo, mientras consideramos qué queremos lograr con nuestros sacrificios a la causa, deberíamos preguntarnos: ¿Cuál es el registro histórico de los movimientos que dependen de la violencia para derrocar a sus gobiernos?

Los científicos políticos (y colaboradores de Waging Nonviolence) Erica Chenoweth y Maria Stephan analizaron 323 intentos de cambio de régimen entre 1900 y 2006. Tenían curiosidad sobre el éxito comparado entre las campañas violentas y las no violentas, entre otras cosas. Descubrieron que las campañas violentas tuvieron éxito el 26 por ciento de las veces, y las campañas no violentas tuvieron éxito el 53 por ciento de las veces.

La buena noticia es que los regímenes pueden ser derrocados, incluso aunque sus dictadores usen a la policía y al ejército para intentar mantenerse en el poder. La mala noticia es que la gente no siempre gana; cuando usaron la violencia sólo ganaron una de cada cuatro veces. Sin embargo, doblaron sus posibilidades de éxito cuando usaron una estrategia no violenta.

En nuestra investigación para la Global Nonviolent Action Database, mis estudiantes y yo encontramos varios casos en los cuales los movimientos probaron primero la violencia, vieron que no funcionaba, y entonces cambiaron a una protesta no violenta y acabaron ganando.

El investigador Anthony Phalen nos dice, por ejemplo, que los letones lo intentaron durante años con la guerra de guerrillas contra la dominación de la Rusia Soviética sin éxito, entonces cambiaron a una estrategia no violenta y lo consiguieron.

En El Salvador, el dictador militar Hernández Martínez había estado en el poder durante diez años y en 1944 era aún lo bastante fuerte para sofocar una revuelta militar. El investigador Aden Tedla escribe que los estudiantes universitarios decidieron entonces intentarlo con una revuelta pacífica, incluso haciendo hincapié en la no violencia, bautizando a su campaña como huelga de brazos caídos. Los estudiantes catalizaron una insurgencia masiva, y ganaron.

Al principio de los años 70, los Estados Unidos estaban preocupados por el gobierno chileno elegido democráticamente y liderado por el izquierdista Salvador Allende. En 1973 la CIA se unió a los militares chilenos para derrocar a Allende y colocar al General Augusto Pinochet en su lugar. Una revuelta armada se desarrolló entonces contra la dictadura militar de Pinochet, pero fue rechazada. Los investigadores Shandra Bernath-Plaistad y Max Rennebohm describen qué funcionó: una revuelta popular no violenta tuvo éxito echando a Pinochet en 1988. El movimiento tuvo éxito a pesar de que Pinochet usó la existencia de las protestas armadas chilenas como justificación para usar la violencia contra la campaña pacífica.

Dice mucho sobre la flexibilidad de la gente que, incluso después de perder vidas en una lucha violenta por el cambio, pueda ser pragmática y cambiar a algo que funciona mejor. Hay más y más evidencias de que, en igualdad de condiciones, la acción no violenta es más poderosa que la violenta.

En Serbia, en el año 2000, los jóvenes de Otpor! derrocaron al dictador Milosevic pacíficamente, pero no pudieron establecer una democracia sólida. Los egipcios están trabajando en ese mismo problema ahora mismo, luchando contra un ejército que parece que quiera ser el nuevo Mubarak.

Quizás este problema puede ser resuelto mediante la violencia. Tal vez los movimientos que fuerzan un cambio de régimen mediante la violencia son sólo la mitad de efectivos que los no violentos, pero ¿Qué pasa si compensan sus deficiencias incrementando la posibilidad de que, cuando los movimientos violentos ganan, la democracia sigue más a menudo a ese cambioDe hecho, Chenoweth y Stephan descubrieron lo contrario.

Ellos encontraron que es mucho más probable que las campañas no violentas conduzcan a sociedades democráticas después de que acaben con el anterior régimen. También descubrieron que en las sociedades que los movimientos usaron la acción pacífica fueron menos propensas a acabar en una guerra civil.

Entrevisté a surcoreanos sobre su campaña no violenta de 1986–87 para derrocar la dictadura de Chun Doo Hwan, que fue uno de los dictadores respaldados por el gobierno de los EEUU. Durante los tres primeros años de esa década, el gobierno intentó “limpiar” la sociedad de activistas, eliminando o arrestando a miles de profesores, maestros, pastores, periodistas y estudiantes. Esa ola de represión despertó tanto la hostilidad pública que Chun Doo Hwan se sintió obligado a retirar a la policía militar de los campus y perdonar a los prisioneros políticos.

En lugar de limitar sus quejas a que el gobierno estaba haciendo sólo pequeñas modificaciones, el movimiento aprovechó su oportunidad. Los sindicatos crearon una alianza por la democracia y los estudiantes se organizaron a nivel nacional. Acción basada en la acción1, incluyendo iglesias, granjeros y grupos de la sociedad civil. La participación en los masivos mítines se elevó a 700.000 personas.

El amenazado gobierno intentó una vez más una ola de represión, tortura incluída. Cuando se supo que un estudiante había sido torturado hasta la muerte, los coreanos ordinarios se unieron a la opsición radical incrementando el impulso. Se sucedieron huelgas de hambre y manifestaciones incluso más masivas. Depués de la muerte de un estudiante golpeado por fragmentos de una bomba de gas lacrimógeno, se manifestaron un millón de personas —incluyendo gente de clase media que se había abstenido hasta entonces.

El poder del pueblo puso firmemente a Corea del Sur en la vía democrática, como se vió en 1997 cuando un candidato de la oposición, Kim Dae Jung, llegó a la presidencia por primera vez en la historia coreana.

Corea del Sur, sin embargo, es uno de los muchos ejemplos de un cambio de régimen en el que las instituciones democráticas remplazaron a la dictadura pero el mismo uno por ciento continuó manteniendo su poder. Décadas de experiencias como éstas en los siglos XIX y XX, en las cuales los países liberalizaron sus gobiernos bajo la presión de movimientos sociales en su mayoría pacíficos mientras el uno por ciento se aferraba a la dominación, animó a las vanguardias comunistas a afirmar que tenían la solución al problema de los más ricos.

Varios de los movimientos que siguieron el camino leninista de la lucha armada en la Unión Soviética, efectivamente, eliminaron el poder del uno por ciento en sus países. Sin embargo, no establecieron una democracia. De hecho, mejoraron la eficiencia de su sistema autoritario respecto a los regímenes precedentes a menudo recortando el ya pequeño espacio de libertad individual. Por ejemplo, hubo minorías sexuales que bajo el nuevo régimen miraban atrás con nostalgia a los “buenos tiempos” de la dictadura la cual los dejaba habitualmente en paz.

En realidad, No se me ocurre ningún país en el que un movimiento haya conseguido con éxito:

  • usar la violencia para lograr un cambio de régimen
  • establecer después una democracia
  • y frenar el poder dominante del uno por ciento

Los únicos movimientos que  establecieron una democracia  frenaron el poder dominante del uno por ciento fueron los que utilizaron la revolución pacífica para derrocar al poder gobernante. Hasta ahora he escrito acerca de dos: Noruega y Suecia. Ambos países tienen trabajos pendientes; hay noruegos y suecos visionarios a quienes les gustaría ir más lejos en el perfeccionamiento de su democracia y la reducción de poder de las élites económicas, aunque para un activista estadounidense llevan recorrido un largo trecho frente a nosotros. (Educación superior gratuita, ¿alguien?)

En pocas palabras: para aquellas personas de todo el mundo comprometidas con el cambio que están considerando la violencia como un medio para alcanzarlo, los registros históricos no mienten. Los movimientos que dependen de la violencia tienen solamente la mitad de posibilidades que los movimientos pacíficos de alcanzar un nuevo régimen, e incluso entonces no lo hacen tan bien como sus primos no violentos a la hora de establecer una democracia en la nueva sociedad. No hay motivos para relacionar la  “violencia” con la hermosa palabra “radical” —especialmente si con radical quieres decir democrático e igualitario. Si, la violencia ha llevado a cabo muchos cambios en el mundo, pero su registro histórico es mediocre cuando llega a las metas del movimiento Occupy.

Cuando escribió La Conquista de la Violencia en los años 30, Bart de Ligt no tenía los datos acumulados por Chenoweth y Stephan, o los investigadores estudiantes del GNAD en Swarthmore, Georgetown y Tufts. Pero el revolucionario holandés aún estaba en lo cierto cuando escribió, “Cuanta más violencia, menos revolución.”

http://wagingnonviolence.org/2012/03/the-more-violence-the-less-revolution/  by

http://www.translatedweb.com/es/waging-nonviolence/como-los-suecos-y-los-noruegos-derrocaron-del-poder-al-uno-por-ciento

 

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