Él hablaba de pájaros y yo de flores…

Las cosas están cambiando. Vamos muy despacio, pero claramente se está produciendo una progresión en lo que a mujer y liderazgo se refiere.

Está claro que hay temas que ya están superados, y que ni siquiera es necesario hablar de ellos o remárcalos uno y otra vez. Las mujeres (en su mayoría, aunque aún quedan algunos residuos tóxicos femeninos, de los que escribiré en otro post) han dejado claramente su papel secundario en la sociedad, y se han ido incorporando a la economía activa y a la producción. Tenemos mejor calidad de vida, tenemos educación, controlamos nuestra sexualidad e incluso también hemos aprendido a ubicar la maternidad, un rasgo diferencial de nuestro género, en el lugar que le corresponde. Por supuesto que todo esto que escribo lo hago en referencia al mundo occidental, a la sociedad avanzada, porque la mujer en territorios no desarrollados o en vías de desarrollo está aún muy lejos de alcanzar este rol.

En cualquier caso y desde la perspectiva de países avanzados, todo esto me lleva a pensar que en breve vamos a generar un nuevo salto, no solo cuantitativo, sino también cualitativo, por el que vamos a empezar a influir de una manera eficaz en los diferentes aspectos que importan en la existencia de los seres humanos.

Y desde luego el ámbito más importante de todos es en el de la dirección de las empresas, tanto públicas como privadas, (el que manda, decide)  y junto con la incorporación de los nativos digitales, también a las empresas, hecho que está a punto de producirse, va a generar un cambio importantísimo en las estructuras económicas de los países avanzados.

Hasta ahora todo lo que gira alrededor de las direcciones de las empresas tiene un tinte masculino, moviéndose  en torno a conceptos, ya bastante anacrónicos, como jerarquías, estructuras piramidales, consecución de objetivos a corto plazo, y cantidad de reglas y protocolos, que la realidad nos dice que no son eficaces, y que en muchos casos difícilmente se cumplen. Además la estructura empresarial masculina ha estado siempre impregnada de una competitividad masiva, donde lo más importante era obtener una serie de logros antes que el otro para subir y subir, hasta así llegar a la cima lo más rápido posible, vamos lo que vulgarmente se llama ser un hombre de éxito.

Lo cierto es que hasta ahora, las mujeres que llegaban a ese “éxito” se veían forzadas a mimetizar esos comportamientos masculinos, sin darse cuenta que en la mayoría de los casos, es imposible asumir esos roles sin generarnos una tensión que en muchos casos nos lleva a ese “éxito” profesional, pero que nos deja en una situación grave emocional y personal. Así que el principal problema, que no el único, era que nosotras mismas abandonábamos nuestras propias capacidades de liderazgo y dirección con esencia de mujer, y creíamos que el camino era mimetizarse con el entorno masculino.

Afortunadamente creo, que esto está cambiando, y es uno de los pasos importantes en ese cambio que ya se está produciendo. Está claro que las mujeres hemos entendido cual es el camino y estamos poniendo en valor la visión que tenemos de las organizaciones y de las empresas, que poco tiene que ver con el de los hombres, pero que puede resultar también eficaz a la hora de liderar. Nosotras enseñamos a las demás cuando es necesario, delegamos en otras y otros sin temer la perdida de nuestro sitio, somos capaces de reestructurar lo que sea necesario para generar tiempo para diversificar nuestras vidas, porque somos mucho más diversas que los hombres y además nos gusta, y generamos modelos, ejemplos para otras. Somos mucho más colaborativas, y somos capaz de ejercer de una manera natural el hecho más importante que se está desarrollando en este siglo, que es la inteligencia y el conocimiento compartido.

Sabemos en definitiva, que la vida tiene muchas facetas, y que no se trata de una sola apuesta en la que todo se pierde o todo se gana, que la cima no es el fin de la meta y que se trabaja mejor en un llano, a campo abierto y rodeada de iguales, que la familia existe y es un punto tan importante como el propio trabajo, o la educación o la carrera, y queremos usar el tiempo también para ella, que todo esos años, que digo años, siglos de frustraciones y sometimientos han generado en nosotras el gen de la solidaridad, del compañerismo y de la ayuda a otros y a otras. En definitiva,  todo esto significa que existe un humanismo netamente femenino que estamos dispuestas a llevar cuanto antes al mundo de la empresa y de las distintas organizaciones de las que formamos parte

Creo que nosotras ya lo hemos entendido, ahora solo falta que lo entiendan ellos, que empiecen a pensar que no somos competencia, que no somos un complemento, que no somos seres decorativos que visten a las empresas con un traje políticamente correcto, que la maternidad tiene que ser protegida y fomentada, y no puede ser una barrera, que no solo hay una manera de hacer las cosas, la de ellos,  porque las mujeres del siglo XXI, no quieren, ni se plantean la guerra de sexos.

El encaje del liderazgo femenino y masculino en todos los ámbitos es lo único que pude llevarnos a una sociedad sostenible, democrática, abierta y sobre todo evolutiva. Lo demás solo nos acercará más al desastre, y ahora ya no hay demasiado tiempo, la crisis que nos envuelve, la crisis que nos circunda y nos acosa día a día, es el enemigo más cruel y más despiadado para hombres y mujeres en el tiempo actual, por eso es de importancia vital entender estas nuevas visiones de la realidad, en la que todos y todas en la misma medida tienen arte y parte,  y dejarnos de una vez de techos de cristal y de muros de corbatas.

Son las cuatro menos cuarto de la tarde. Llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 12 grados.

Postpost: Todo esto viene a propósito de una conversación que tuve ayer con mi director, en el que él hablaba de pájaros y yo de flores, aunque queríamos decir lo mismo. Tal vez la próxima vez seamos capaces de hablar los dos del campo, que es lo que toca…

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Un pensamiento en “Él hablaba de pájaros y yo de flores…

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