El Escrache a la Jueza Alaya: Esto si que es una caverna

Cuando el único argumento para desacreditar a una persona es llamarla “fea, hortera y pepera”, a grito limpio, en la puerta de un juzgado, te das cuenta de lo poco, que esas personas que se desgañitaban como posesos, con el rostro lleno de ira, tienen que decir.

Una imagen vale más que mil palabras y desde luego en este caso tiene razón. He visto varias veces el video del “escrache” a la Jueza Alaya en la puerta del Juzgado, y por más veces que lo he mirado y remirado, no me cabe en la cabeza, que hombres, que supuestamente defienden los derechos de los trabajadores, sean capaces de proferir esos insultos, salvo que esos hombres, y digo hombres, porque en su mayoría eran machos y barbados, no sean  representantes de nada, ni de nadie, salvo de ellos mismos y sus intereses, y esa ira que manifiestan, y que las imágenes no pueden ocultar, sean producto de que se les esta desmontado el chiringuito de robo, mangoneo y siseo, que hábilmente tenían organizado, por supuesto, con ayuda del poder constituido en Andalucía, pues tampoco me cabe duda, que no es producto de una conducta arriesgada por parte de CCOO y UGT en solitario, y que esto del desfalco ( que a las cosas hay que llamarlas por su nombre) de los EREs es cosa en la que hay metidas muchas manos, y todas con poder.

Insultar de esa manera, tan ruin a una mujer profesional, con una trayectoria intachable, y que se está dejando la piel por sacar adelante la claridad frente a la corrupción y la mentira, es un acto indecente y de una bajeza increíble. Los barbados gritaban también “Libertad Sindical” como si pronunciando esas dos palabras sagradas, tuvieran cobertura para insultar, vejar e intentar amedrentar a la jueza. No sé si me da más vergüenza ajena y más rabia, los insultos al físico y la indumentaria de la jueza, que el pronunciamiento en boca de esos acémilas de palabra tan importante como “libertad”.

El daño que hacen, tipos como estos de las puertas del juzgado de Sevilla, a los que de verdad trabajan en la defensa de los derechos de los trabajadores es infinito, y borran de un plumazo, en un instante, recuerdos memorables de hombres cuya honestidad y trabajo fueron un ejemplo para muchos, como la figura de Marcelino Camacho, de cuyo espíritu queda ya muy poco, o prácticamente nada.

Ahora lo que tenemos son sindicalistas de CCOO y UGT, entregados a los placeres de la buena mesa: marisco y vino hasta que se acabe el presupuesto de las horas de formación para los parados. Tipos que se amparan y se refugian en esa supuesta autoridad moral que se arrogan por el mero hecho de pertenecer a la izquierda, como si eso fuera patente de corso. Eso sí, liberados, que ya no se va a las fábricas, a los talleres y a las oficinas, fuera a ser que se les descomponga la camisa de cuadros, el vaquero y la barba anacrónica. Y después del “escrache”, y mientras la jueza se sentaba en su juzgado a hacer su trabajo de cada día, ellos al bar de enfrente, un par de horitas de cafelito y cañita, conversación tabernaria sobre lo bien que “han estado apoyando al compañero”. Se les debería caer la cara de vergüenza, pero me temo que no se les cae de lo dura que la tienen…

El bochorno y la vergüenza se ciernen sobre nuestras cabezas, y no quiero dar lecciones a nadie, pero es de manual que el ejercicio del sindicalismo está encaminado a luchar contra la injusticia, y no contra la justicia.

Son las diez y media de la mañana. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 18 grados. Esto sí que es un caverna¡

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