Voto de conciencia… o a conciencia…

 

Escucho una y otra vez en estos días eso del voto en conciencia. Se han llenado miles de líneas con ese término, y todos lo tenemos en la boca, repitiéndolo sin cesar, sin fijarnos, creo, en lo que estamos diciendo, y a quien aplicamos ese término.

El político tiene la obligación de ordenar la realidad en la que vivimos y ponerla en marcha acorde con los mandatos que han depositados sobre ellos los ciudadanos. Su trabajo es desde luego, normativo y casi siempre, debido a esa praxis se aleja mucho de la filosofía, que es a la que atañe un término tan profundo y tan denso como la palabra conciencia.

Casi ningún político es filosofo, demasiada inmediatez en sus acciones, en muchos casos apresuradas por el estrés de la permanencia en el puesto, o por la recuperación de los sitios perdidos, como para tener el tiempo suficiente que requiere la filosofía. Para un político el peso de la conciencia, o de eso que llaman la ‘voz de la conciencia’, para centrar más la situación, es muy liviano, hay muchos hechos en la historia de la humanidad que lo demuestran, y desde luego siempre es comparativo con otras servidumbres, en la que esa propia conciencia termina por diluirse, convirtiéndose en solo una palabra, que ‘decora’ espléndidamente bien cualquier acción política controvertida que vaya a tomarse.

Lo cierto es que para un político, en la mayor parte de los casos, no es necesario que su conciencia apruebe una determinada acción, cosa que desde luego no ocurre en el caso de un filósofo, porque es condición ‘sine qua non’ haber antes dedicado un tiempo a cultivar eso que llamamos conciencia. Una conciencia supeditada a otros intereses pierde totalmente la esencia del significado del término, y desde luego hay que pasar por un proceso, en muchos casos doloroso y profundo, donde el sujeto tiene que cultivar sus sentimientos, tiene que llegar a un gran desarrollo de la fortaleza moral y sufrir una catarsis personal, que tal y como concebimos a un político, está muy lejos de definirlo, y que probablemente, muy pocos políticos españoles y también de otros países hayan pasado por ella.

Hay una tendencia generalizada a confundir conciencia con preguntas sin respuesta y tribulaciones. Eso es un error. Para que la voz de la conciencia pueda hablarnos y que nosotros la entendamos, y sepamos exactamente qué es lo que debemos hacer en función de ese eco interno que escuchamos, hay que recorrer un camino, que estoy segura que muy pocos diputados, tanto del PSOE, como del PP y otros partidos que conforman el Congreso hayan recorrido. Así que eso que decía con tanto interés la Señora Valenciano sobre la votación secreta y en conciencia que ayer se produjo en el Congreso de los Diputados es, como en la mayoría de los casos, pura retorica vacua o política de gestos.

Poner límites a una vida que empieza ya sea en plazos o en supuestos es algo que es muy difícil de delimitar, muy complicado de sintetizar, y que muchos de los ciudadanos y ciudadanos que asistimos silentes a ese debate tan ‘político’  y tan poco ‘filosófico’ que se ha suscitado con la ley del aborto, no llegamos siquiera a comprender y apenas, como yo, si entendemos hasta donde llega cada uno con sus posiciones, pues si lo sacamos de ese contexto en el que la palabras vida, madre, mujer o derechos se diluyen y se funcionalizan, nos damos cuenta que, en el fondo poco importan los conceptos, y si que importa la instrumentalización de esos conceptos.

Quizás los unos y los otros, deberían, hoy el día después mirarse sus conciencias, y pensar si cada uno de ellos ayer votaron en conciencia, o tal vez lo que hicieron fue votar a conciencia de perpetuarse, dejando a un lado la profundidad del asunto, si, ese asunto de la vida, que tienen entre manos.

Que fuera secreto, es otro matiz a considerar, pues la conciencia cuando está bien cultivada y bien formada, da gusto verla, de lejos y de cerca, y no hay ninguna necesidad de esconderla, ni de taparla, ni ocultarla.

Creo que el espectáculo de ayer fue muy definitorio, aunque hubiera preferido personalmente, que no hubiera sucedido, o tal vez, es mejor que estas cosas pasen, así sabemos a qué atenernos.

Son las doce de la mañana. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 12 grados

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