La Sociedad Anómica o el deber por el deber. ¿Tu que eliges?

Hablamos de la corrupción como si fuera algo abstracto, sin embargo no hay nada más concreto que los actos de corrupción. Se materializa dentro de la sociedad, emana de la sociedad, actúa con la sociedad y sus socios, y nace de la propia sociedad. Es duro decirlo, pero la raíz está en nosotros mismos. Vemos todos los días casos de corrupción de baja intensidad, cambios de cromos, intercambio de favores, tráfico de influencias para conseguir esto o lo otro. Está a la orden del día.

El caso es que vivimos en un país donde se está produciendo un incumplimiento de normas masivo, y esto desde luego, si te paras a pensarlo obedece a algo que va mucho más allá de la política. Me temo que hemos entrado en la sociedad anómica. La palabra anomia viene del griego, donde  “a”,  indica falta o privación; y “nomos”, significa ley o norma, pero nomos no se refiere a cualquier tipo de norma, sino a la que hace alusión a la norma moral, y esa anomía es la que nos ha estado llevando a una generalización de la corrupción a todos los niveles. La corrupción no es fruto del ejercicio político, es fruto de esa tendencia anómica que nos invade, porque hemos abandonado los códigos éticos para convertirlos en códigos prácticos que es algo mucho menos sublime, pero mucho más rentable. Estamos de nuevo ante una cultura del carpe diem, donde todo se justifica, todo vale, no se toman en cuenta los incumplimientos de las normas morales, y además, se tapan con conveniencias prácticas para ir diluyendo poco a poco los valores fundamentales de los seres humanos.

Los actos de corrupción, además, son característicos del escenario donde se producen, forman parte de la idiosincrasia del país o del grupo donde anida.  No nacen como fenómenos aislados, están en la sociedad, en definitiva, están en nosotros y entre nosotros.  Son actividades colectivas, participativas: existe un corruptor y alguien que es corrompido, requieren siempre de  la intervención de una o más personas, es un delito participativo, donde la complicidad y la red juegan un papel relevante, donde hay muchos en la trama, donde hay sujetos activos, pero también pasivos, si, esos que acompañan con sus silencios, con su ocultación, con su pasividad, con eso que se llama mirar para otro lado.

Estamos muy equivocados cuando decimos que la corrupción es el cáncer de la política, la corrupción es un cáncer societario y debe ser un interés ciudadano prioritario, porque seguir el rastro de los corruptos es, en muchas ocasiones, tremendamente complicado, y sobre todo probarlo, pero lo que sí es fácil, son las consecuencias que se producen de inmediato: las averías y quebrantos que esa corrupción deja en las instituciones que representan a la democracia. Ese malestar va anidando lentamente en el imaginario de los ciudadanos, llegando a asociar el concepto corrupción con el concepto servicio público, con el concepto de democracia, con el concepto de sistema. Un error gravísimo, pero que al final pasa, y lo que es peor, cuando la corrupción es frecuente y cotidiana, se ve precisamente como eso, como algo normal, como algo que forma parte del modus vivendi, incluso utilizamos eufemismos para disimular los hechos, como por ejemplo llamar conseguidor a un ladrón vulgar y corriente. Corrupción es soborno, extorsión, malversación de dinero público, apropiación indebida de lo que es de todos, evasión de impuestos…

La corrupción es la segunda preocupación de los ciudadanos, y se impone ya una revolución de la decencia, de los decentes. Una regeneración, como decía ayer el Rey Felipe VI, es más necesaria que nunca, y  que personas limpias y referentes en nuestra sociedad, no solamente políticos,  den un paso al frente para liderar un cambio radical y acabar con las prácticas corruptivas. Creo que los que pensamos en modo honesto no queremos vivir en esa sociedad anomica, deprimida, con una democracia moribunda y deslegitimada por la herida de la podredumbre, donde algunos se aprovechen de esa debilidad para situarnos dentro de sus oscuros intereses sean políticos, económicos o de cualquier otra índole. Kant dijo el “deber por el deber”, es decir, lo que se debe hacer hay que hacerlo por obligación, sin esperar nada a cambio, y a partir de ahí cabe impulsar un gran pacto cívico que nos reanime y nos vincule a todos en un proyecto de alcance para mejorar nuestra vida política y nuestra convivencia, y acabar con la corrupción, con los corruptores y con los corruptos de una vez por todas.

Son las siete de la tarde. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 20 grados.

Un pensamiento en “La Sociedad Anómica o el deber por el deber. ¿Tu que eliges?

  1. DIRECTORA MARTA, LO ÚNICO QUE PUEDO DECIRLE, QUE LA FELICITÓ POR ESTA GRAN REDACCIÓN, POR QUE USTED EXPRESA LA AUTÉNTICA REALIDAD DE CORRUPCIÓN POR LA QUE ESTA PASANDO ESPAÑA ACTUALMENTE. NUNCA DESAPARECERÁ LA CORRUPCIÓN, PERO TENGO FE QUE LA LLEVAREMOS A LOS MAS MÍNIMOS NIVELES EN TODOS LOS ÁMBITOS. MUY BUENO EL VIDEO COMO EJEMPLO.

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