La Playa

Y mientras me voy durmiendo con el ruido de la lluvia de Mayo en los cristales, en esa duermevela donde dicen que se aparecen los espíritus, enfrento una tremenda bola de recuerdos. Es verano. Estoy en la playa. Bajo una sombrilla tricolor, una pamela gigante, y unas gafas oscuras que me protegen del sol de agosto, que se alía con ese enemigo que quiere comerme la cara a trozos, veo a alguna gente de lejos en ese recuerdo, y de pronto ya estoy dentro del recuerdo. El libro que leo se escurre entre las manos hasta caer sobre la arena, levanto la vista,  y allí en la playa, siempre están ellos.

Para que se ubiquen, mi memoria ha volado hasta la playa de Guadalmina, un santuario de pijos, una capilla de vanidades en los que una pasarela de tipos y tipas uniformados con traje de baño de vilebrequin, ellos, y de Eres, ellas, siempre a juego con el de sus niñas, han hecho su nido. Y allí José Mari, Ana, Anita y su prole recalan a diario con su Camelot particular y peculiar entre los “suyos” que es donde se sienten más cómodos.

Allí José Mari aun es el rey, ya sin corona, pero con trono y tronío, aunque ese solio sea ahora una tumbona de hotel, que un guardaespaldas, o dos, a veces, escolta con celo desde la valla que da acceso a la playa. Y en esa playa siempre pasan cosas, siempre hay gente que viene y va, que está y luego desaparece. Yo, desde mi sombrilla asisto como espectadora anónima de esas idas y venidas. Es lo bueno que tiene no ser nadie, como mucho te miran, pero no te ven, pero tú sí que puedes verlos, observarlos de cerca como un ornitólogo escudriña los pájaros durante horas. Y a la playa de la pleitesía, hasta el desastre, caminaban Barcenas y Rosalia, desde su casa cercana, para hacer unas risas con el jefe, así lo ha llamado siempre, aunque ya no fuera el jefe, pero para Don Luis si, el jefe. Don Luis como gustaba ser tratado por “el servicio”  – cuidadito con tutearle a él o Doña Rosalia – . Luego llegó “el desastre” y ya no aparecieron más por la playa, pero llegaron otros, porque esa playa ha sido una hégira en los veranos.

Ahí está Nacho, el inefable Nacho Gónzalez. Aun teniendo su propia playa delante de su ático, la siguiente a Guadalmina, utilizaba su Hummer para acercarse a  “la Hora Aznar” casi a diario. Y más risas, todos tan morenos, todos tan simpáticos, todos tan arregladitos, incluso peinados con gomina – siempre me he preguntado porque algunos tíos  se ponen gomina en el pelo para bajar a la playa, lo encuentro tan ridículo-, y allí muy atento saludaba a Doña Ana, beso en la mano, y después paseaba con Jose Mari ajenos a las miradas de los bañistas. También se fue Nacho un día, otro “desastre”, pero la playa no se quedo vacía.

Esperanza, que no gustó nunca de los calores de Marbella, se dejaba ver una vez por lo menos a lo largo del estío. Espe bajaba directamente del golf de Guadalmina, nunca en traje de baño, ¡Por Dios! y aun con el atuendo golfista, para saludar al “jefe”. Fue en agosto de no recuerdo que año cuando la vi acompañada de Nacho González, y en esa playa llena de sorpresas, apareció, que casualidad, el pequeño Nicolás, y también… a ver… que aclare mis recuerdos… Arturo Fernández, sudando, pañuelo en ristre y con una sonrisa forzada que ni la del joker de Batman. Un día, igual que los otros, se fueron y no aparecieron más, pero la playa siguió recibiendo gente.

Y otra vez que levanté la vista del libro, si ese que se me cae cuando dormito al amor del sonido de las olas, me encontré de bruces con Zaplana. Todo de blanco, tan bronceado él, se acercaba sonriente a Jose Mari para darle una abrazo de esos que se daban los franquistas de golpes en la espalda y decirle: ¡¡Qué bien te veo, tio¡¡¡ Y allí sentados al borde la hamaca charlaron y charlaron casi durante dos horas ¿De que hablarían? No sé, pero de lo que fuera les hacía mucha gracia. Luego se fueron todos con Doña Ana también hacia ese chalet sin hipoteca pero con bandera que apareció en la vida de los Aznar como por arte de magia… ¡Qué suerte tienen algunos al  encontrar una lámpara maravillosa que les concede deseos caros… ¡

Y en esa playa, en otro momento, recuerdo haber visto a Francisco Correa. La verdad es que no gastaba tanta familiaridad con los Aznar como los otros citados. Fue hace mucho más tiempo, y  no pude identificarle hasta mucho más tarde cuando supe quien era por la Trama Gurtel. Pero si, lo recuerdo bien, iba por allí a veces con Alejandro Agag y otro chico – entonces eran jóvenes-, y solo, en otras ocasiones. Se paraba un ratito con Jose Mari y luego se marchaba, y  también Ana Mato y Sepulveda hacían su visita mensual a la costa guadalminenese para saludar a Jose Mari y jugar a padel… Otros que tampoco han vuelto.

El que dejo de ir, por motivos que todos conocemos, fue Blesa. No puedo precisar claramente cuantas veces bajo a la playa, quizás el día que me fijé en él fue el mismo día de Agosto de  2009, cuando pagó 1.005 euros en el Marbella Club Hotel a la una de la madrugada con su tarjeta black que tanto dio de sí. Tal vez fue esa mañana cuando le vi con Jose Mari, pudiera ser…

Y algunos más que han pasado por allí…Han sido tantos: Javier Arenas, Galeote, Granados, Álvarez Cascos, todos dejaron su huella en la arena de Guadalmina a la sombra de Jose Mari. Seguro que se me olvida alguno. Y más, a estas horas cuando el sueño me puede y se me entrecruzan los recuerdos de esa playa a la que no creo que vuelva yo tampoco, claro, que por otros motivos.  Me cansa ya tanta tontería ¿saben? Una no soporta ya a ese elenco de pijos que miran a Jose Mari como si fuera “el puto amo” y que entre gintonics y copas de ribera le alaban y le envidian – ya es grave el tema-  pensando para sus adentros porque ellos no pudieron “llevárselo muerto” tan bien como lo hizo el de bigote. Es su “publico”: empresarios que despiden a mujeres embarazadas, papis que compran trabajos de fin de carrera para sus hijas, asesores fiscales que enseñan a sus clientes a evadir impuestos, damas diletantes que se aburren en sus jaulas de oro mientras sus maridos les dicen que se van a jugar al padel, sinónimo curioso de irse de putas a la hora de la siesta, gorrones de cuatro apellidos que no pagan nunca una ronda porque la alcurnia no tiene “costumbre de pagar”, rancios que llevan polos con la bandera de “el pollo”, en fin, raleas de prepotentes, vetustos, arcaicos y “manilargos” que encuentran en Jose Mari y su troupe su espejo más preciso y más precioso. Y una en vez de intentar hacerles razonar, una y otra vez,  y oponerles resistencia, ha tirado la toalla y prefiere pasar el verano en arenas más limpias y en mares menos infectados.

Y ahora mientras que ya se me cae la tecla por el sueño recuerdo también otra playa que frecuentaron los Aznar antes de Guadalmina, la de Oropesa, allí Jose Mari compartía la sombrilla con Fabra, Camps, Rita Barbera, Rafael Albert y Villalonga… otros que también pasaron por los juzgados y por la trena… Me queda la duda a estas horas si tanta coincidencia es fruto de la compañía o de la playa… Que mal pensada soy… seguro, seguro que fue la playa.

Son las cuatro de la tarde. No llueve en Pozuelo y la temperatura exterior es de 20 grados. La Playa

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